Las flores de las ramblas se marchitan

Era uno de esos muchos días soleados de los que goza la Ciudad Condal. Una ciudad abierta, alegre, diversa, que abraza la multiculturalidad en cada uno de sus rincones. Basta con caminar por la emblemática y hoy triste Rambla de Cataluña para ver de qué está hecha Barcelona. Está hecha de sueños, de sonrisas, de esperanzas, de parejas que pasean su amor por los antiguos adoquines de la Rambla. De grupos de amigos y amigas que aprovechan las vacaciones para disfrutar de la arquitectura y la historia que ofrece el centro. Emociones que hoy se ven eclipsadas por la tristeza. Por una gran impotencia de no poder hacer nada, de una rabia contenida que nos tenemos que tragar.

Hoy Barcelona llora porque un pedazo de todos los que vivimos aquí y queremos esta ciudad se ha ido con nosotros. Ni nada ni nadie te puede preparar para esto. Lo vivimos en Francia, en Londres… Pero vivirlo tan  cerca te abre una herida que parece que nunca se vaya a cerrar. Ya pasear por las Ramblas no va a ser igual,  cuando mi familia o mis amigos me pidan que hagamos turismo ya no voy a poder omitir la parte en la que una quincena de personas nos dejaron. Y tampoco sería justo, porque las tenemos que recordar. Se suman a la incalculable lista de víctimas del terrorismo, de la barbarie, del terror, de una guerra santa que nadie quiere librar y que sólo se gana con cabeza fría, con educación.

Son unos cobardes, unos auténticos fanáticos que le lavan el cerebro a las mentes más débiles, les venden un paraíso falso, porque si fuera real ellos ya estarían ahí. Me apasiona el ser humano, cómo piensa, por qué actúa de una manera o de otra, pero no consigo entender cómo puede haber tanta maldad condensada en un cuerpo. Y no hablo sólo de los autores de los muchos actos de terrorismo que se suceden en el mundo, si no de aquellos que incitan al odio. Un odio que no conduce a nada. Su mejor arma es el miedo, el odio, hacer que nos odiemos los unos a los otros. Pero no lo van a conseguir, no conmigo, no con los millones de personas que sí tenemos dos dedos de frente, que pensamos antes de actuar y que ante todo, tenemos educación. Un regalo que parecemos no valorar hasta que miramos al patio del vecino, de aquel que no lo tiene. Ahora parece que la solución para luchar contra este fenómeno es un bombardeo, un ataque. No. Eso es sólo un parche en la herida. Esta plaga sólo se puede erradicar ayudando a los países que más sufren los efectos de estos grupos fanáticos;  invirtiendo en sus gentes, en su educación, en que puedan entender que no importa en qué Dios crean -si creen en alguno-, porque en el abanico de la tolerancia hay espacio para todos. Venimos de dos guerras mundiales y no hemos aprendido nada. Seguimos mirándonos el ombligo e ignorando los problemas de otras naciones que, como estamos viendo en Occidente, nos está pasando factura.  Así que en vez de estar librando una guerra de qué arma golpea más fuerte, deberían usar el único elemento que ha ayudado a que, a lo largo de la historia, los países se consoliden.

Y no, no es un rifle. porque si usamos sus mismas armas, vamos a perder.

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